Artículo de Pablo Auladell para el homenaje a Miguel Calatayud de la revista Educación y Biblioteca nº183.
MIGUEL
CALATAYUD: LA LUZ Y UN HUEVO FRITO
Jesús
Cuadrado, cuando nos encontrábamos hace años en algún sarao, si salía Calatayud
en la conversación, le llamaba “nuestro gran Calata” y, luego, nos instruía un
poco sobre la importancia de su obra en la ilustración y la historieta de las
últimas décadas, una lección breve y esclarecedora para aquellos muchachos de
Alicante que querían ser dibujantes de cómic, firmaban como la Taberna del Ñú
Azul y se habían trabajado con ilusión e ingenuidad suicida un fanzine, o sea,
nosotros, Pedro, Miguel Ángel y yo.
Calatayud
se convirtió enseguida en nuestro principal valedor, y sabemos que nos defendió
y reclamó atención para nosotros en el yermo de aquellos años en que a ninguna
editorial se le pasaba por la cabeza publicar a un autor español y, menos aún,
si era novel; y menos aún si hacía historieta de autor, “íntima”, “muy
personal”, como decían ellos, los muy cabrones.
Quiere
decirse que pronto nos dimos cuenta de que Miguel Calatayud, además de un fabuloso
dibujante, era un tipo generoso, noble y accesible. La cual cosa daría lo mismo
si su obra, como queda dicho, es deslumbrante (cómo aborrezco esa frasecita de
“fulanito es un gran autor, pero, si cabe, aún es mejor persona”. A mí no me
importaría ser un desalmado con tal de hacer unas obras extraordinarias. Como
dijo Gide, con buenos sentimientos sólo se escriben malas novelas), pero, en
fin, apuntado queda.
Con el
tiempo, a Calatayud le he ido tratando más y he coincidido con él en charlas,
festivales, salones y restaurantes. Fauno pícaro, mirada de mar pero sonrisa de
hombre de tierra adentro. Tiene la elegancia de los sencillos y la verdad
honesta y tangible del montebajo y los bancales. Es todo él como un aristócrata
de almendros y parras. Da siempre la misma conferencia, pero nunca me canso de
escucharle, hipnotizado, como se escucha a esos pastores en el monte cuando te
cuentan el secreto de una ortiga o te muestran un viejo silo de piedra escondido
y abandonado. Utiliza desde hace años los mismos materiales y los mismos principios
para realizar sus obras pero, como le dijo Carlos Ortín hace poco, es el más
moderno de todos nosotros: “Miguel, es que tú eres el más moderno de todos
nosotros”.
Miguel
Calatayud, como quien no quiere la cosa, se cena, lo mismo que todos los que
estamos en la mesa, unas gambitas en gabardina, unos montaditos de mojama,
verdura a la plancha, croquetas de bacalao y pescadito frito, que hoy vamos de
picoteo, pero, cuando terminamos, busca con la mirada a algún compinche y le
propone que si se piden unos huevos fritos con patatas para redondear el tema.
Un joven escritor contaba que, cuando conoció en persona al poeta Jorge Guillén, se quedó muy asombrado
al ver que llevaba unos calcetines marrones bastante horribles. ¿Cómo podía el creador
de tanta luz llevar aquellos calcetines? Un poco así me he preguntado a veces
cómo Calatayud, el prestidigitador de la línea clara, el creador de aguadas
cristalinas, el dibujante de lo prístino y retratista del número puede alimentarse
de algo tan prosaico, un huevo frito después de una copiosa cena. ¿No sería más
lógico o, por lo menos, más lírico que tomara algún alimento tal como un pedazo
de pan blanco monacal y una jarrita de barro con agua? ¿O que se nutriera, como
el caballero elegante y un poco descreído que asoma en sus trazos, de algún
plato delicado y muy bien presentado, de alguna ambrosía sutil?
He
estado en la exposición antológica que le han hecho en el MUVIM de Valencia. La
exposición reúne la casi totalidad de su obra. Recorrerla es, sencillamente,
abrumador. En medio de la sala, sentí ese vértigo, esa náusea que le sobreviene
a uno en presencia de la belleza incontestable, del frenesí gráfico. Miguel no
es, como yo pensaba, tan ordenado y pulcro, ni tampoco frío, como podría percibirse
en una primera lectura de sus imágenes, sino que, más bien, es ojival, barroco,
desmesurado, caótico y luminoso como la vidriera de una iglesia mediterránea
donde se estuviera celebrando una misa profana. Porque antes que nada, me
parece ahora que Calatayud es un grandísimo lúdico. Contemplar su exposición es
comprender de pronto que este hombre no ha hecho otra cosa más que jugar, jugar
a ordenar y dar un lenguaje preciso a la abundancia, jugar a domar el azar de
la acuarela, jugar a hacer suntuosa la pureza
de la línea. Toda esa montuosidad de dibujos sólo pueden haber sido
hechos en largos años de no atender a otra cosa más que a jugar con una
plumilla inglesa, un papel Caballo y unas acuarelas. Le oí decir hace tiempo a
Labordeta que escuchar a Mozart le alegraba el corazón. Creo que algo así sentí
la otra mañana en la exposición de Miguel, un júbilo galopando dulcemente en el
pecho.
De modo
que ahora lo entiendo todo mejor. Este señor se cena por las noches una yema de
sol, no puede irse a dormir sin rebañar con el pan, gozosamente, esa luz
ambarina; Calatayud se mete así, entre pecho y espalda, el crepitar tostado de
algunas tardes de fiesta en la costa, las risas de los niños por las terrazas
de Altea y el grito de las gaviotas bordes sobre el Benacantil. Un huevo frito.
Sólo con ese alimento uno puede dibujar luego un mosaico de arlequines de
languidez engañosa, fuegos artificiales, palmeras, bandoleros, multitudes
tomando el sol en la cubierta de un yate, árboles que se van a recorrer mundo y
aves delicadas que en otra vida fueron bufones de Jaume I. Sólo con ese
alimento, ahora lo sé, uno puede dar luego esa luz en sus dibujos, una luz igualmente
lúdica, como de zumo de naranja.
Esta
noche me voy a cenar un par de huevos fritos.